sábado, 22 de febrero de 2014

El suicidio.

Desde el primer segundo en el que respiras, tú y sólo tú, eres dueño de tu existencia, tú tienes el control de ella y nadie, bajo ninguna circunstancia, debería elegir cuando terminar con tu vida. El suicidio ha existido desde siempre en la humanidad y sea por suerte o sea por desgracia, continúa marcando nuestra sociedad. En siglo XXI, mal que nos pese, la muerte sigue siendo tabú.

Hace ya unos siglos, la Iglesia castigaba el suicidio diciendo que  sólo Dios puede decidir cuándo y cómo tiene que morir una persona. Los sacerdotes que predicaban en contra del suicidio, no lo hacían por simple altruismo y benevolencia, lo que se pretendía era mantener a las clases pobres trabajando de forma miserable, sometiéndoles así a una esclavitud espiritual. ¿Qué peón seguiría trabajando en vida si, después de ella te esperara un descanso eterno?

Como ya he dicho, el suicidio no es cosa del pasado, hoy en día prevalece en nuestra sociedad pero con distintos matices. Cuando la medicina no puede salvar nuestras vidas y el dolor de la persona es insufrible, en muchos países es legal la eutanasia. Hay casos incluso, en que personas que creen que ya no están haciendo nada en vida, deciden hacerse la eutanasia y optar por la solución más fácil: rendirse.

Cuando la vida es muerte, la muerte es vida, esto no hay quien lo dude, pero últimamente aspectos tan superficiales como las relaciones sociales, han provocado el suicidio de muchas personas. Hace poco, fue noticia que una adolescente se había suicidado debido a unas fotos que corrían a través de las redes sociales. No sé hasta qué punto  llegó a ser traumática tal situación para la chica, pero sin duda alguna, no debería de haber supuesto el final de su breve existencia.


La vida es como una escultura de hielo, frágil pero a la vez preciada. Todo el mundo quiere evitar que este hielo se derrita y que se conserve en el mejor estado posible. El calor pesimista del fracaso, el sufrimiento y la falta de esperanza, derriten el hielo, el ánima de la persona y las ganas de seguir adelante. Considero que debería de estar en una situación muy crítica para optar por el suicidio, incluso si mi vida no tuviera sentido alguno. Si las circunstancias lo permitieran, buscaría como poder influir positivamente a la vida de otras personas para que no terminasen del mismo modo que yo. Aun así, la decisión recae en cada uno y la vida es una propiedad privada que no está en venta. 

1 comentario:

Teresa dijo...

Bien, muy metafórico y no sé muy bien el porqué pero, correcto.